Desde su cueva, desde una constante cueva gris. Un boceto de cueva a carboncillo difuminado. Un mundo cotidiano dando vueltas en círculo a la cueva. Vueltas y vueltas y vueltas y el pez se mordió la cola y dejó encerrado alrededor de su lomo una frágil caja de cristal. Las tormentas y tempestades empezaron a golpearla, a arrastrarla por la corriente de un río de primavera y la caja acabó resquebrajándose. Puntas de cristal en la superficie, pero en el fondo seguía albergando algo más. Su contenido vio la luz y pensaba en abandonar la oscuridad de la cueva, pero no podía disfrutar de ese sol radiante porque a su alrededor estaba llena de trocitos de cristal y temía estropearse intentando salir.
La situación era comprometida, tan frustante como inquietante al mismo tiempo. Por un lado, sabía que ahí afuera había algo más, algo que desde dentro de su caja no podía admirar en su totalidad. Sin embargo, ahora, cegada por la brillantez del sol no podía más que desear acercarse a él, pero era imposible. En la impotencia de la situación aquel contenido se marchitaba sin saber qué hacer o cómo actuar. ¿Debería intentar traspasar el cristal a sabiendas de que le podía herir o debería quedarse dentro, en esa inseguridad de no tener de no poder de no saber qué hacer?
Statu quo y nada se movió. Llegó el invierno y continuaron las tempestades, pero la situación había cambiado. Ya no había caja protectora, solo un puñado de cristales que se clavaban en todas direcciones. Fue entonces cuando se dio cuenta de que a veces hay que arriesgar cosas importantes, dar un giro a la historia.
Porque la vida es contante cambio, un continuo cambio de pareceres ineludibles. Cuando uno opta por resignarse no le queda más que ver desde fuera el fluir de algo que se escapa de las manos. El niño que mira hacia arriba y no alcalza el juguete, el estudiante que estudia y no llega a la nota, el novio que se esfuerza por compreder y no entiende, el padre que trabaja y no asciende, o el anciano que desea volver a ser niño. En todos los momentos de la vida somos cajas y contenidos; con nuestros sueños, con nuestras ganas, con inconvenientes, con momentos inapropiados, con los mejores momentos y si lo sumamos todo comprendemos que el yo está hecho una caja intrépida, de un contenido curioso y de sus circunstancias.
O algo parecido dijo una vez un tal Ortega.