Hablando con un amigo de toda la vida reflexioné durante un
momento, como solíamos hacer antaño durante horas… Traté de ver lo que los ojos
solo ven en el silencio de la noche, donde la paz libera el espíritu. Me volví
a dar cuenta de que todo lo que vivimos, muchas veces, termina deslizándose por
nuestra piel (como si fuera “la piel que habito”) y se olvida del yo que está
debajo. Mientras pasa el día tras día y veo que ya no está la frase, la
palabra, la meditación que hacía de los humanos personas; y entonces, parece
que todo da igual, nada tiene valor constructivo o transcendente, solo útil o
no útil para sobrevivir. Y esto, es lo que hecho de menos de mis maestros, las
personas que me enseñaron que vivir y sobrevivir son dos términos bien distintos.
Y sí, todo pues tiene valor en esta vida, las palabras que se
dicen y las que no, lo que se piensa, lo que se sabe, a lo que se aspira, lo
que se sueña… porque todo eso al provenir de una persona hace que sea magnífico,
único y personal. Pero pienso que quizás esta dirección insípida que nos moldea ultimamente,
la incapacidad de tomar decisiones acertadas, de seguir en una dirección razonada, de construir fuertes cimientos éticos e intelectuales, esta ignorancia del vivir, provenga del
desconocimiento personal. La autorreflexión como método de conocimiento del yo,
y por consiguiente, de los demás, es lo que respalda las decisiones meditadas y el
comportamiento adecuado y racional.
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¿Por qué somos como somos?
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¿Qué es biológico o genético y qué, adquirido?
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¿Cuántos realmente se conocen a sí mismos y viven de acuerdo a
un sentido?
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¿Qué es inercia y que es decisión?