Llevaba caminando durante las últimas trece horas sin encontrar rastro alguno de Sara. Su preciosa cara angelical, sus finas muñecas, su melena oscura y rizada de olor a mañana de primavera. La imagen mental quedó desvanecida en infinitos segundos. El tiempo sin ser cuerdo le quitó las horas, concediéndole incontables semanas de desamparo por su ausencia. La pérdida de su mayor tesoro.
Desde el día 23 de abril camina cada mañana por las orillas de la playa preguntándose si alguna vez verá su rostro reflejado en el brillo del mar. Canta a la luna y duerme bajo su luz, volcado en el deseo de volver a ver esos ojos castaños. El egoísmo de un deseo a toda costa, el descontrol de un sentimiento libre, la persona prisionera de lo inevitable.
Desde el día 23 de abril corta una rosa al amanecer, y la deja sobre la almohada durante las 13 primeras horas del día, después la seca y la almacena en la pared de su habitación. Cada una, con su olor particular infunde un aroma característico a esa estancia. Prepara además unas deliciosas tortitas con sirope de arce, sus preferidas. Las deja cuidadosamente encima de la mesa esperando que algún día desaparezcan. Y toda la jornada discurre hasta caer la luz del sol, cuando guarda silencio y se muerde la lengua. La banda sonora de su vida describe estos momentos amargos, de impotencia, pero volcados en una esperanza irracional.
Hasta que una buena mañana de abril, día 23, escucha una melodía poco convencional, unos susurros que le hacen vibrar, un eco cautivador le aprisiona y despierta con una sonrisa. Baja atropelladamente a la cocina para compartir el desayuno con Sara. Mientras, ve cómo la realidad y el sueño cogidos de la mano le recuerdan que la magia existe y que todo lo que se desea apasionadamente antes o después adquiere un matiz de realidad. La realidad de ver una vez más lo que nunca quiso olvidar.
1 comentario:
Nice day...
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