¿La quieres? Le pregunta el poeta del camino.
Con la mirada perdida en ninguna parte pero fija al mismo tiempo sobre la roca cárstica de la ladera y los hayedos frondosos de un paisaje inhóspito y virgen, toma el aire necesario para resoplar.
¿Sabes? Esto le encantaría.
Otro silencio. Sus ojos cerrados delatan los tumbos de aquellas palabras por su cabeza. Solo para darse cuenta de cuántas veces había repetido aquella frase en los últimos días. Esto le encantaría, se repite una vez más en su fuero interno.
Camina con precisión, sin quitar la mirada en ninguno de sus pasos, estudiando con atención su próximo movimiento. Nota como cada paso contesta con la seguridad de saber que es el acertado, como si de un diálogo con la roca se tratase. Adora esa sensación. Los vientos del norte le acarician el cuerpo para avisarle de que la tarde va escondiendo al sol de septiembre.
Pero, dime, ¿significa eso que es cierto lo que dicen?
Los últimos destellos de luz comienzan a ser reveladores. Toma aire, pero esta vez no logra una contestación humana. De repente, una larga cola escandiéndose por los matorrales y un aullido que domina la serenidad del valle.
Como libertad que le dio ser la naturaleza misma, cuando queriendo dar una aclaración despertó convertido en un salvaje felino, que no dejó de repetirse: No amo menos al hombre, sino más a la naturaleza. Pertenezco a todos lados y nada me pertenece. Soy feliz sonriendo a la luna. La adoro.

1 comentario:
Cada noche alzo el cuello y es por ella, la luna.
La llamo, la amo mas no llego,
pero seguiré esperando porque siempre he sido suyo,
por eso le regalo mi llanto cada noche cuando aúllo.
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