Érase una vez un grupo de debate que llegó a conocerse vulgarmente como “los Cuentacuentos”. Solían reunirse todos los días en el café más prestigioso de la gran Vía de Madrid, por aquel entonces, el Café-Teatro Renacimiento. Su única pretensión era comerciar. Comerciaban con sus ideales y vendían sus teorías, mientras un puñado de eruditos de la época con sus largas chaquetas y sus sombreros de copa fumaban elegantemente sus pipas de tobago.
En una época de cambios y efervescencia empresarial ardía la
locura creativa por las calles y aceras. Los hombres caminaban con firmeza y seguridad
mientras sus mujeres y prometidas sonreían orgullosas cogidas de sus brazos. Lo
más importante era dar con la solución o con la idea reveladora para triunfar.
Y el éxito, era precisamente, lo que los Contadores vendían. Y, ¿quién no
quería triunfar?
Ser un contador requería tener cierto grado de carisma y
elegancia. No era solo lo que se decía, sino el cómo se decía. El buen contador
tenía que disponer de una basta base de datos y de una imaginación e ingenio
cautivadores. Es por eso que este grupo deslumbraba calando a los buenos
hombres que allí se presentaban, buscando, la mayoría de las veces, solución a
sus problemas e intrigas. Un par de reales eran suficientes para comprar una
solución. Las preguntas o cuestiones se formularían en papeles depositados en
pequeños huecos dentro una rueda giratoria situada en medio del salón y el
debate tendría lugar al hacer girar esta rueda y tomar uno de estos papeles. El
ilustre público esperaba impaciente ver salir sus esperanzas a manos de la
suerte. Así pues, en cada una de las sesiones, cuatro cuestiones serían
solucionadas a manos de la sabiduría práctica; es decir, con una
serie de consejos y respuestas que los contadores vendían con plena confianza y
garantía.
Un mal día desapareció la buena economía, y con ello se
vaciaron los bolsillos y se ahogaron las inversiones y pretensiones. Para ganar
ya no se podía arriesgarlo al todo o nada, la austeridad llevó a la mano dura
con los negocios, a la picardía y al minucioso control de los movimientos
bancarios, quedando la desconfianza como sentimiento principal de la sociedad.
Las nuevas ideas llevaron a los contadores a la más miserable ruina. Las ilusiones
ni son un negocio ni se puede comercializar con ellas. Los consejos son meras
apreciaciones de una subjetiva realidad personal. Las garantías son nulas en
materia de intuición. La buena vida no se puede comprar con palabras, sino con
trabajo, esmero y fe personal, no ajena, no en personas cuyo interés era
hacerse rico a costa de la esperanza de otras personas.
Y si bien es verdad que los contadores cayeron en la
oscuridad de las disputas y reclamaciones de la gente por no ver cumplidos sus
sueños, también es cierto que después de todo la gente despertó de su letargo.
Se olvidó la filosofía barata de los pensadores y se confió en los criterios
propios de supervivencia, en las nuevas ideas de gente de la calle, en la propia
filosofía de vida. Y no fue que la gente ya no quisiera escuchar buenas
soluciones, sino que empezó a creer que las respuestas a sus problemas solo podrían
encontrarse dentro de ellos para que fueran verdaderas. A todo lo demás lo
llamaron filosofía del ingenio, y a las teorías más surrealistas, arte
contemporáneo. Fue entonces cuando acabó el periodo de luces verdes de los
contadores, y a partir de ahí pasaron a denominarse los Cuentacuentos, magos de sombrero y pajarita para la diversión
del público en los ratos libres.
